
El garage Internacional Matucana 19
Matucana 19....
El espacio era amplio, podían ensayar bandas, o albergar a 500 o mil personas en una fiesta o concierto. “Había una creatividad bastante interdisciplinaria –resume Jordi–, ahí nació el Teatro del Silencio, se hicieron bienales de música punk”. Mauricio Celedón hizo su primera obra Transfusión con carretones de La Vega en la calle. Además de quienes pululaban, se instala gente a vivir y a crear en el segundo piso. En el barrio los llamaban los jipis. La fiesta de fin de siglo con música, poesía y baile, o el encuentro de las 3 mil mujeres que duró tres días, son algunos de los eventos inolvidables que tuvieron lugar ahí.
Lloret traía de Barcelona el gusto por los fanzines, había sido contemporáneo de la publicación Berthe Trépat de Bruno Montané y de un joven Bolaño que llegaría a ser leyenda, tal como el Garage Internacional. El espíritu parece ser similar al de los dadaístas y los situacionistas, en el espanto que se vivía en Chile. Sudacas más turbio, Comicsaurio, Él me mintió, fueron algunos de los fanzines que inventó Lloret, hasta desembocar en la revista Matucana. Los autores del libro, los matucaneros Lloret y Alfonso Godoy, más el documentalista Rodrigo Araya, hicieron también un fanzine para celebrar el nacimiento de este libro. “Es una memoria poco llorosa ni nostálgica; nadie tiene ganas de volver a esa época en que salías a la calle y te degollaban en la esquina. Es un trabajo de autoafirmación cultural que se hizo y que iba a la par con la resistencia a la dictadura”, dice Jordi. “Mucho mejor un baile que una marcha, un disfraz que un uniforme”, resume el espíritu que se puede beber sorbo a sorbo en un libro que va hilando la memoria entremezclada con cómics y recuerdos de época, fotos y flyers que se hacían a mano. Tocaban los Upa, Nadie, Viena, Pequeño Vicio, Fiskales Ad-Hok, Emociones Clandestinas y Electrodomésticos, entre muchas otras bandas que dieron sus primeros pasos en el Garage.
Un garage de autos inventado en la década del 50 por un refugiado de la guerra civil española terminó convirtiéndose en la guarida de dos de sus hijos, Rosa y Jordi Lloret, y de toda una generación. Allí en medio de bailoteos, muestras de arte, música, pimpón, se combatió el miedo con arte, lo que le cambió la vida a varios que pisaron el galpón con uniforme escolar, abrió los ojos de otros tantos y fue un caldo de cultivo de cultura under y música punk que sigue vigente hasta ahora. Antes habían sido matucaneros el padre de Jordi Lloret, Daniel, su madre y su tío. Vivieron en el galpón cuando aún era garage. Con el tiempo se arrendó y terminó deviniendo en un bazar tipo persa, con un café con piernas y una especie de prostíbulo al interior. En el libro Lloret relata cómo su padre le encargó ubicar al arrendatario y recuperarlo para poder ganarse unos pesos. Así abrió la reja metálica y pobló el patio de cemento con mesas de pimpón. En medio del peloteo oían, tal vez por primera vez, música de Sumo o de Nina Hagen, se tomaba cerveza, y fueron apareciendo los pintores. El espacio era grande, llegaron las bandas y los estudiantes: “Flaquito, por qué no me arriendan para hacer una fiesta”, rememora Lloret que preguntaban los estudiantes de la Universidad Técnica. Aparecieron los Compañeros de viaje, banda de Tito Escárate, buscando sala de ensayo, tuvieron que arreglar ellos mismos lo que había sido un café con piernas. Hacían canje, tocaban en las fiestas gratis a cambio de ensayar ahí.
En el número 19 de la calle Matucana, a pocos pasos de la Estación Central, se cocinó entre 1985 y 1991 un cauceo de arte, cultura y bailoteo sazonado por la autogestión y el libre vuelto de las ideas y la creatividad.
El espacio entregado a los artistas dio pie a una programación tan diversa como impredecible, aunque siempre de firme espíritu de resistencia y enlace entre sus participantes. Tal fue su viveza, que una revista de fotos, textos y cómic llegó a documentarla por un tiempo, y que se llamó igual que el lugar: Matucana 19. Ha escrito Lloret :
«Matucana 19, donde se hicieron las primeras fondas distintas. Donde Mauricio Celedón y el Teatro del Silencio elevaron el teatro a alturas mundiales […]. O los murales de Codocedo, Albornoz, Achurra, Lu; o de La Contingencia Sicodélica, con Pablo Domínguez, Rodrigo Hidalgo, Mauro Jofré. Y las tocatas […]. Una acción cultural por una democracia más profunda e igualitaria […], una forma de crecimiento personal y colectiva, en medio del miedo y los exilios, tratando de tejer otro poco nuestra identidad del sur del mundo».


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